El covid-19 como metáfora del sistema

En principio me gustaría añadir algún contenido agregado al ya existente sobre el significado que para el planeta tiene esta nueva pandemia con alcance mundial. Según mi comprensión y en aras de mirar más allá de la incidencia clínica contenida en el covd-19, me permito plantear que esta afección, dirigida a impactar de muerte al sistema respiratorio y en consecuencia al individuo, es un movimiento compensatorio del sistema social mundial que persigue restituir el equilibrio. Para entender este concepto hay que plantear primero que el ser humano en su esencia es sistémico en su carácter tanto filogénico como ontogenético.

La pandemia se ha convertido en un gran campo mórfico de resonancia, convirtiéndose en un gran atractor para toda la humanidad. Todos estamos tomados por esa memoria colectiva que nos hace gregariamente leales a los mismos efectos. Los estilos de vida de la población mundial definitivamente han cambiado, las características psicosociales de los vínculos humanos se han transformado indefectiblemente debido a la adaptación y readaptación a la pandemia y al confinamiento instalado.

El modelo de familia ha cambiado, los ámbitos laborales, escolares y los estamentos sociales regulados por las dinámicas diarias e intercambio social se han reducidos a las dinámicas de espacios domésticos. Unos países más que otros han visto intempestivamente transformado su estándar de relación social. Todo este proceso ha ocasionado en las personas un movimiento repentino de adaptación, creando a su vez un movimiento emocional de gran calado, siendo normal el estrés y la angustia de este tipo de ajustes en los vínculos humanos. Nuestros espacios extendidos al intercambio social se han visto achicados a “quédateencasa” y dentro de ese espacio comienza una nueva dinámica caracterizada por el “alejamiento social”. A corto plazo se han visto afectados los espacios de convivencia social: restaurantes, cafeterías, bares, discotecas, gimnasios, hoteles, teatros, cines, galerías de arte, centros comerciales, ferias de artesanía, museos, músicos y otros artistas, centros deportivos (y equipos deportivos), lugares de conferencias (y organizadores de las mismas), cruceros, aerolíneas, transporte público, escuelas privadas, guarderías. Por no hablar de las tensiones que los padres tendrán para educar a sus hijos en casa, de las personas que cuidan a sus parientes de edad avanzada para no exponerlos al virus, de las personas atrapadas en relaciones abusivas y de cualquiera sin ahorros para lidiar con los cambios en sus ingresos. Pero el ser humano posee recurso de mucha resiliencia y podrá adaptarse a los nuevos tiempos, siempre y cuando utilice sus recursos desde el ser y menos en el tener. Sin embargo, ya estamos presenciando la precarización de la vida social. Los trabajadores autónomos, por ejemplo, desde conductores hasta fontaneros y vendedores ambulantes verán que sus trabajos se precarizan aún más. Los inmigrantes venezolanos volverán a su lugar de origen porque ya no habrá un mundo mejor desde el punto de vista económico, los refugiados, los indocumentados y los expresidiarios se enfrentarán a otro obstáculo para hacerse un espacio en la sociedad.

El sistema familiar como espacio de gestión del amor será nuevamente vigente como elemento organizador de la vida a través de la singularización de los patrones de relación, serán más estrechos o lejanos dependiendo del tipo de vinculación previa. Las familias ingresan a raíz del confinamiento a un espacio de sobrevivencia, en donde se escenifican de manera exacerbada sus conflictos latentes o potencialidades, sus vulnerabilidades y fortalezas, todo en un solo coctel en donde se pone a prueba la tolerancia en la convivencia estrecha. La familia comienza a establecer un equilibrio tenso muchas veces y armónico otras, la homeostasis familiar se remueve así misma en una especie de torbellino vincular de sinergias y desencuentros, los miembros de la familia se muestran en su propia naturaleza con sus fortalezas y virtudes, pero también con sus sombras y vulnerabilidades. Lo que une y desune está a la orden del día en coyunturas de normalidad familiar, pero en contextos críticos como el actual, estas dimensiones con mayor fuerza se activan. Pregúntate en ¿qué estado estas en este momento dentro de tu familia?, ¿es como una cárcel?, ¿es como un hotel?, ¿estas comiendo mucho?, ¿limpiando mucho?, ¿durmiendo mucho? o esperando algo. La familia y su contexto es digno de su análisis y comprensión en la actual crisis; su mapa afectivo y comunicacional es la columna vertebral de interacción y convivencia en la toma de decisiones. Los limites, normas y tareas en la organización de la vida familiar pueden determinar el mundo de las actitudes y comportamientos haciéndolos más rígidos o tolerantes. Cada miembro expone sus necesidades muchas veces de manera silente o abierta, de manera manipulativa o comprensiva, sus movimientos de poder se activan en su propio universo domestico de interacción.

Cabalga sobre la familia lo que sucede a nivel social. La ansiedad ante la pandemia, por ejemplo, es global y contagiosa para todos los humanos, es el efecto de ese gran campo mórfico. Pero, asimismo, cuando muchas personas se alinean en sinergia colectiva con el aprendizaje que genera dicha pandemia, configuramos un campo mórfico de resonancia de imitación y con una gran masa crítica elevamos el campo de energía global de trascendencia.

El ser humano es un producto no acabado del vínculo social; es decir, de interacción como ser gregario que es. Somos sistemas en esencia. Es un sello de origen que nos asegura la sobrevivencia como especie, a través del mecanismo férreo sistémico del derecho a la pertenencia al grupo social. En este sentido, el sistema tiene sus leyes que aseguran el equilibrio, en cuya compensación se activa un movimiento de regulación cada vez que ingresa en dinámicas que amenazan su existencia como sistema.

En las últimas décadas, el planeta ha manifestado desajustes naturales de gran calado (daños en la capa de ozono, contaminación ambiental etc.), así como también, conocemos cifras alarmantes de decesos infantiles, 6.3 millones en el 2017 según la OMS, UNU y Unicef, muy superiores, si las comparamos con los más de 100 mil fallecidos a nivel mundial por COVID-19, diariamente estos acontecimientos pasan desapercibidos por todos. 

Se añade a ello, la carrera desenfrenada de una cultura estructurada a través del desarrollo material de las personas, obviando la importancia de toda manifestación humana del ser fundado en su reencuentro consigo mismo.

En consecuencia, la pandemia como metáfora es una fuerza que nos detiene, es un movimiento que nos empuja a la pausa, al confinamiento y conlleva como objetivo producir nuevos espacios de reflexión. Es una señal articulada como signo de los tiempos, que nos obliga a revisar como vamos y sobre todo para donde vamos. Desde la mirada sistémica fenoménica de la vida, el covid-19 es un movimiento cuántico del espíritu que nos “encierra para liberarnos”, esa es la gran paradoja en su sentido más amplio. ¿Liberarnos de que’?: de la dictadura de no tener tiempo para nosotros, de la dictadura del trabajo, del tener más, que del ser.

Creo que el planeta ha perdido la fuerza para mantener a los humanos en equilibrio, el hombre ha violentado las leyes que lo sustentaban en plena realización. Los sistemas se rigen por tres leyes fundamentales: Pertenencia, orden y equilibrio. Cuando alguna de esas leyes se transgrede el sistema se resiente y acaba pasando factura, con el objetivo de que el “problema» sea visto. La solución pasa por, de alguna manera, para reestablecer las condiciones idóneas del sistema; o sea, que se tengan en cuenta esas tres leyes de las que hablo. De lo contrario volverá a surgir un «problema» o «síntoma» para generar otra oportunidad de reparar el sistema.

La pandemia ocurre desde lo fenoménico, fue como un movimiento inesperado, hipertraumático para muchas personas y muchos sectores de la vida planetaria, está siendo vivido en soledad por muchas personas en el mundo, una soledad que incluso se vive en compañía en los espacios familiares. Cada ser humano ha respondido desde su mundo y desde su contexto al aislamiento. El termino proviene de Quaranta giorni en italiano, que a su vez proviene de la palabra quadraginta en latín traduciéndose como cuatro veces diez,  cuyo origen es religioso y se empezó a usar en el sentido médico del término con el aislamiento de 40 días, el cual se le aplicaba a las personas y bienes sospechosos de portar la peste bubónica durante la pandemia de peste negra en Venecia en el siglo XIV.

El corovid-19 nos ha igualado a todos en el planeta desde nuestra vulnerabilidad a la enfermedad, nos ha recordado que somos vulnerables sin distingo alguno. Nos convoca a que todos somos uno dentro de un movimiento de re incluir todo aquello que hemos venido separando, nos invita a mirar lo excluido, a mirarlo y sobre todo a recordarles que también pertenecen al sistema. De igual manera, nos recuerda que hay un orden en la existencia, nos recuerda que existe una jerarquía, nos señala que primero está la vida y luego todo lo demás. Sin vida no hay economía, no es un movimiento azaroso que en la economía más poderosa del planeta (China) se haya paralizado y que además la gran manzana (New York) ahora esté sumergida en el silencio. Estos acontecimientos nos colocan frente a una jerarquía de la existencia que habíamos olvidado.

Este proceso nos lleva a el desafío de invertir nuestra concepción de la vida y del mundo: hemos pensado que la naturaleza, la tierra y la vida misma estaban a nuestro servicio, cuando en realidad es todo lo contrario, nosotros estamos al servicio de la especie y desde ese movimiento alcanzamos la fuerza para trascender y expandir nuestra conciencia. Los humanos somos los últimos en llegar al planeta y esa naturaleza, nos ha permitido que nosotros existamos. Hemos sufrido un desorden como sistema de prioridades; hemos pensado erróneamente que somos el centro del universo y que esa creación está para servirnos, nos falta humildad para reconocernos dentro de esa gran dimensión de la existencia.

Con la pandemia las cosas retoman su orden, por ejemplo, las redes sociales se originaron para estar al servicio de colectivo y no espacios para mercadear solamente, ahora han regresado a su verdadera razón de ser, estar al servicio de las personas. Y así todas las cosas vuelven a su orden. Comenzamos a salir de una sociedad basada en la distopia (sinónimo de mal lugar) para acercarla a un lugar más humano. Ahora parece que muchas cosas están volviendo al origen: volvemos a casa, a comunicarnos, a valorar la vida y la salud, la amistad; a estar mucho más en el presente de lo que hemos estado, quizás en nuestra vida. La metáfora de “quédateencasa” es volver al origen, y volver al origen es volver a la paz. La casa significa tu vida, tu cuerpo, tu guía interno, tu yo cuántico.

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